Oposición paterna a la vocación de uno
Oposición paterna a la vocación de uno (Elogio del ángel caído)
Por Francisco Pérez de Antón
Quienes hayan tenido la fortuna de ver “La sociedad de los poetas muertos”, habrán de recordar por muchos años esa emotiva escena final en la que los alumnos del profesor Keating, en abierto desafío al director del colegio donde estudian, se suben a los pupitres para rendir un último homenaje al maestro heterodoxo que les había enseñado, con la lira de Whitman y Thoreau, a sorber el tuétano de la vida.
Qué conmovedor adiós el suyo y qué súbita resurrección la nuestra al evocar una edad en la que, inteligentes sin saber cómo y afectivos sin saber con quién ni cuándo, una tormenta de confusión nos azotaba. El mundo adulto era para nosotros tierra incógnita, el silencio y la soledad nuestras velas y, a falta de brújula y timón, capeábamos la tempestad como podíamos. El criterio al uso advertía que educar adolescentes era una doma de potros. Y uncida a la crueldad y la intolerancia, nuestra vida quedaría marcada para siempre por el látigo de los Torquemadas o el sermón de los frayes Gerundios. Sólo unos pocos maestros, como Keating, se atreverían a empujar aquel vendaval a nuestras gargantas para, desde allí, con el auxilio de la lengua y los poetas muertos, ayudarnos a explicar nuestras congojas con un “barro me llamo, aunque Miguel me llame” o “esta noche mi reloj jadea” o “tú eres la sed y el agua en mi camino”.
Pero es la desobediencia, compulsión a la que en mayor o menor grado todos fuimos obedientes, la clave de esa magnífica escena en que la soberbia es humillada y la intransigencia rendida. Y aunque los años hayan hecho de nuestra rebeldía de ayer sierva de nuestro presente conformismo, aún sigue siendo aquella amiga fiel con la que una vez quisimos huir para correr junto a ella la mejor de las aventuras.
La “Biblia”, tan rica en metáforas como en incoherencias, habría de encarnar esa insumisión en Luzbel, el ángel de las tinieblas, cosa extraña, pues su nombre significa “mensajero de la luz”. Y la exégesis tradicional asegura que ese ángel caído de la gracia representa la soberbia de los hombres. De resultas, soberbia y rebeldía se confunden, lo que no deja de ser una bobería ecuménica.
Ni todo rebelde es soberbio, ni la soberbia es hija de la rebeldía. Mas bien lo contrario es cierto. La soberbia suele ser vicio del que manda, y no del que desobedece. O si se quiere expresar de otro modo, cuando un adolescente se rebela, el ensoberbecido no es él, sino nosotros, al exigirle el holocausto de su yo en el altar del nuestro.
Contra soberbia, humildad es otro dislate catequístico que se impartía, y se imparte, con el deliberado propósito de hacer de la sumisión virtud. El fundamento de la obediencia, decían los textos, es la autoridad, y cuanto más alta la autoridad, más grave la desobediencia.
Por suerte, los hombres no han hecho mucho caso de estos códigos. ¿Qué es la historia, si no un recuento de rebeldías a cual más estupenda? ¿Y quién Sócrates, Pablo de Tarso, Cromwell, Lutero, Mozart, Bolívar, Picasso o Walesa, sino ilustres inconformistas? Mensajeros de la luz en su momento, todos debieron de sentir a edad temprana esa vibración intensa, ese impulso adolescente, pero espléndido, que nos invitaba a cambiar el mundo y a hacer de la inconformidad el eje de nuestra vida.
La verdadera virtud no consiste, pues, en humillarse, sino en subirse a un pupitre y protestar contra lo establecido. Y si la cultura de la que somos albaceas sigue viva, ello se debe a esa propensión cismática, a esa ansia de renovación del mundo que encontramos hecho por otros y a esa rebeldía juvenil que, ya de adultos, habrá de rebrotar una y otra vez para resistirnos a toda clase de tiranías e injusticias.
Cabría pensar, no obstante, que el estímulo de una conducta así sólo puede conducir al caos. Mas no por ello es menos cierto que estimular una conducta sumisa sólo puede concluir en la parálisis y el servilismo. Desde el punto de vista del que manda, todo rebelde es un arrogante o un extremista. Y si bien es verdad que todo extremismo es rebelde, no toda rebeldía es extrema, a no ser que también lo sea la intolerancia.
Los jóvenes de “La sociedad de los poetas muertos”, por ejemplo, distan mucho de ser radicales. La suya es una indocilidad natural, una resistencia a ser lo que los adultos quieren que sean. Pero Keating les abrirá los ojos y les mostrará el sendero que conduce a su propia identidad. Y este anhelo será tan poderoso, tan sublime, que cuando uno de ellos descubra que la intransigencia paterna le impide realizar sus sueños, opte por quitarse la vida. El suicidio será su protesta terminal, y aquí sí, la extrema inconformidad, la suprema rebeldía.
En el Parque del Retiro de Madrid, existe una pequeña glorieta en cuyo centro se erige una estatua al Ángel Caído, monumento del que los madrileños se sienten orgullosos por ser único en el mundo. Siempre sentí una rara atracción por ese bronce y en más de una ocasión me aproximé a su pie para observar de cerca de ese Luzbel tan disímil a la imagen repulsiva difundida por la iconografía cristiana. En su rostro, como en el de Keating, no hay ni rastro de pesar, ni el más mínimo rictus de amargura. Y es que Luzbel, como Keating, mensajeros expulsados de sus respectivos cielos, se saben vencedores, tras haber encendido a su paso la luz del inconformismo.
Y como da la casualidad que yo también mi subí un día a un pupitre para sublevarme contra la soberbia, el trato infame y la hipocresía de los frailes que me educaron, quiero unirme hoy al homenaje que el director Peter Weir rinde en el film a todos aquellos maestros que nos enseñaron a nadar contra corriente y a encontrarnos con nosotros mismos.
De los otros, prefiero no acordarme. Sobre todo de uno que decía que si los años no sirven para ser intransigente, ¿para qué la edad? Lo que me parece muy lógico. Y hasta puede que sea justo. Ahora bien, si ser joven no significa tener el valor de enfrentarse al despotismo de lo caduco, ¿para qué la juventud?
Así que, joven, sé inconformista. No te hagas viejo a deshora, ni aguardes a que te hagan un sitio. Ve al encuentro de la vida, tómala, abrázala, sórbela, lee a los poetas muertos y no te pierdas la película. Y al salir de ambas —película y vida— sabrás por qué una sociedad sin ángeles rebeldes será siempre una sociedad marmolizada, sin futuro, sin vigor y sin poesía.
